Baile de mascaras en la okupa o lo poco que sabía sobre mis compañeras

Hoy os voy a presentar los integrantes de esta casa okupa a la que pertenecí y lo haré de una manera políticamente nada correcta: desde la superficialidad, centrándome solo en sus carretas públicas, en los clichés a los que representábamos.

Estoy consciente de que esto no responde a las personas que describo, que el resultado será una farsa barata. Pero es la única manera en la que les puedo describir. Primero porque esta descripción superficial refleja los roles sociales, las pautas de comportamiento que forman nuestros ambientes. Estos patrones son cliché, sí, pero esto no quita que en nuestra vida diaria los seguimos reproduciendo. Cómo les encontré en esta casa, se encuentran en muchos otros lugares.

Y la segunda razón: No soy capaz de hablar de sus profundidades humanas porque durante todo el tiempo de colaboración y convivencia solo nos relacionamos desde estos roles. No llegué a conocer a las personas debajo de las mascaras. Esto es la triste realidad. Así que, aunque querría contaros más sobre las personas complejas que formamos este grupo, no puedo porque me falta la información. Así que, solo me queda relatarlo desde el cliché.

Os lo presentaré en tres bloques, dependiendo con su peso en el grupo según su momento de entrada y salida.

Empezaré con aquellos que estuvieron desde el principio hasta el final.

Los que más llamaron la atención a primera vista eran dos chicos gay-chachis. Les llamo así no por su orientación sexual, sino por su comportamiento dentro del estereotipo gay. Eran todo un conjunto de buen rollo, suavidad y fiestas. “Hola, ¿qué tal estás, preciosa? Qué lindo día tenemos…” Siempre haciéndose los alegres y amables. Un poco más y empiezan a tirar purpurina y pintar la casa de tonos pastel. Eran chicos agradables para juntarse, para charlar y salir, pero a la hora de reunirse y enfrentar conflictos eran inútiles. Hacían todo lo posible para no enfrentar los problemas.

En el polo opuesto estaban las malas, las duras, con agresividad en el tono y actitud confrontativa. Las que hablaban alto, a las que no contradecíamos por temor. Las que no se dejaban criticar ni te hablaban de ‘bobadas’. De mala lengua a tus espaldas. De barrio, tirando hacia lo chungo convertido en punki.

A ellas se les unió otra chavala, una muy simpática al principio: todo sonrisas y palabras dulces. Pero se juntó con las duras y cambió de papel. Se cortó el pelo, perdió la sonrisa y empezó a hacerse la chunga. Una seguidora, una cómplice.

Aparte había dos chicos muy amables y buenos, pero ausentes. Eran tan tranquilos e introvertidos que apenas hablaban, con esta sonrisa misteriosa en los labios que les hace parecer inteligentes. De todo el grupo eran los que me caían mejor. Pero a la hora de tomar deciones no hacía diferencia si estaban o no, tan callados eran. No opinaban. Y aparte faltaron más que estaban. Uno de ellos porque era muy currante en su asociación y siempre andaba liado, el otro porque era muy de familia, de amigos, y siempre andaba con ellos. Estuvieron sin estar, ausentes.

Hasta aquí el grupo central. Ahora aquellos que estuvieron un tiempo.

Dos personajes okuparon con nosotros, pero nunca llegaron a vivir. Por ‘coincidencia’ eran los que estaban en la posición vital más vulnerable: el inmigrante y la madre soltera.

El inmigrante desencajaba en el grupo. No sabíamos muy bien cómo tratarle. Le percibíamos diferente, pero cómo ni siquiera nos esforzamos a conocernos entre nosotras, menos lo hicimos con él. Nunca tratamos a comprender sus diferencias. Solamente le dejamos estar, con una cierta permisividad con comportamientos que entre nosotras nunca aceptamos. Porque, si somos honestos, no le percibíamos como uno de nosotras, sino como un otro. Y a este otro le permitimos estar sin acercarnos a él, sin hacer el trabajo duro que hace posible la integración. Pero esto sí, estábamos orgullas por tener a ‘un inmigrante’ en el colectivo, por ser inclusivos. Hasta que él algún día decidió que de no quiso estar con nosotras y desapareció sin más. Desde entonces no le he vuelto a ver.

Las madres solteras están en una condición de especial vulnerabilidad, más responsabilidades, más gastos, más trabajo que cualquiera. ¿Qué lleva a una madre soltera a okupar? Realmente solo la necesidad económica, si no se arriesga mucho. Pero nuestra madre soltera no tenía urgencia, ella estaba por romanticismo, porque a parte de ser madre soltera era veterana okupa. Estaba con nosotras para recuperar los ‘viejos tiempos’, revivir su pasado. Con ella eramos aún más suaves: Nadie hacía menos que ella, casi nunca estaba. Y era la única a la que lo permitíamos sin broncas, porque era madre soltera, ¿sabes? Tiene otras prioridades. Y al final estas prioridades dominaron, así que nunca vino a vivir a la casa. Lógico. No se podía jugar el piso ni el trabajo por sus ganas de pasado. Así que nos dejo por la puerta grande como lo hace una buena veterana con toda la formalidad asamblearia posible.

Había un tercer grupo, aquellos que entraron tarde y nunca tuvieron mucha voz en la asamblea. Honestamente, a esta gente que no se ha roto la espalda para montar el proyecto, ¿qué nos iban a contar a nosotras que las pasamos putas aquí? Nada. Eran solo invitados privilegiados. Y no conociéndonos entre nosotras, a ellas todavía menos.

Ahí estaba la familia punki y viajera, una pareja con rastas hasta el culo y un niñito destinado para la escuelita libre. Venían recién de vuelta de Latinoamerica a estar un tiempo en aguas familiares. Una aventura más en su vida guay.

Trajeron consiga una feminista, mujer dura, de voz firme y actitud recta que se enorgullecía de trabajar entre hombres.

Y luego había una transmaribollo, con cabeza rapada y ropa de hombre, con todas estas prácticas deconstruidas de los movimientos post. También inmigrante, pero no diferente. A ella si la sentíamos nuestra.


Esto fueron los personajes que bailaron en el escenario de esta okupa. Mascaras, clichés, prejuicios. Sin saber que había debajo, sin conocer nuestros sensibilidades, fuerzas, miedos… sin generar alguna relación real. Desde los primeros pasos un baile dirigido hacia el desastre.

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