Porque las necesidades son importantes y las apetencias no

Estos días he tenido la alegría de recibir varias reflexiones de lectoras muy interesantes. En lo que me queda hasta el descanso de verano quiero compartir algunas de ellas con vosotras.

Empezaré con una que responde a mis reflexiones sobre la oposición entre apetencia y libertad que hago en Libertad: “Poder hacerlo todo” vs. hacer lo que debo y Como descubrí la libertad en la disciplina, artículos en los que defiendo que la libertad está profundamente conectada con la responsabilidad. Ella refuta que no es tanto que libertad y apetencia estén opuestos, sino más bien que hay que buscar un equilibrio entre ambos.

Y en gran parte tiene razón, hace falta un equilibrio, hace falta que no nos olvidemos de nosotras mismas, que no nos maltratemos en el nombre de la libertad de los demás, que también nos cuidemos a nosotras mismas. Pero este hace falta desde mi punto de vista no habla de apetencias, sino de necesidades.

¿Pero que es esta diferencia entre necesidades y apetencias? ¿Realmente es tan grande? Yo creo que sí.

Según el diccionario apetencia significa: “1. Movimiento instintivo que inclina al hombre desear alguna cosa, 2. Apetito, ganas de comer” y necesidad significa (entre otras): “3. Carencia o escasez de lo imprescindible para vivir, 6. Impulso irrefrenable, 8. de primera necesidad loc. adj. Básico, imprescindible para poder llevar una vida digna”.

Así que cuando usamos apetencia hablamos de algún tipo de hambre o deseo que responde a un instinto interno. Como en: “Me apetece comer carne/pescado/caviar/…” – “Me apetece tener ropa/un coche/un yate/… nuevo” – “Me apetece ver televisión/dormir/emborracharme/…”. Ahora, ¿esta hambre, este instinto que nos impulsa son sanas o liberadoras? Estoy convencida de que en la gran mayoría de los casos no lo son. Y no solo por el impacto que dejarse llevar por las apetencias tiene en la libertad de los demás, sino también por el impacto que tiene a mi misma libertad. Esto se ve claro si nos acercamos al tema desde la posibilidad de elegir como aspecto fundamental de la libertad. Visto desde la inmediatez hacer lo que me apetece parece libertad, pero si ampliamos el marco temporal, si hablamos de las consecuencias que tiene hacer siempre lo que me apetece a lo largo de los años, se desvelan muchos efectos dañinos. Es bien sabido que comer todo lo que a una le apetece suele ser perjudicial para la salud, o que seguir las apetencias de no hacer nada perjudica a los estudios, al trabajo e incluso al estado de la casa propia. Así que, si me dejo dominar por mis apetencias aumenta mi libertad inmediata a precio de mi libertad futura. Analizado así la apetencia llega a ser un obstáculo para la libertad propia. Por esto tantas tradiciones, desde pensamientos religiosos hasta escuelas modernas de emprendimiento, enfatizan el control o la superación de las apetencias como condición principal de la libertad.

La necesidad es opuesta a esto, se refiere a lo imprescindible para la supervivencia y el bienestar fundamental. Hay muchas razones por las que conviene renunciar a mis apetencias, pero pocos que justifican renunciar a mis necesidades. A nivel de necesidades veo de momento las necesidades básicas, es decir comida, descanso, techo…, y las necesidades internas o emocionales, como podrían ser el afecto, el reconocimiento, el silencio… Es verdad que las necesidades básicas son más fáciles de reconocer y definir que las internas, pero la falta de cubrir cualquiera de ellas tiene graves consecuencias a la salud física y/o psicológica.

Y luego hay otro nivel, en el que ya se empieza a ver lo complicado que es tratar este tema en la vida real: están las necesidades ficticias. Con esto me refiero a cualquier deseo que una persona percibe como necesidad y lo vive con la intensidad correspondiente, pero que –si somos honestas– responden a deseos a menudo oscuros y dañinos. Un ejemplo muy claro de esto es cualquier tipo de adicción, sea a una sustancia, una emoción, una acción…

Lidiar son estos temas en la vida real es complejo, muchas veces cuesta percibir de donde nace un impulso, ¿responde es una apetencia o responde a una necesidad? Tenemos miles de capas, juicios y justificaciones, que nos confunden, tanto en la percepción de uno mismo como en la percepción de otros. De hecho creo que es probable que si investigamos en profundidad veamos que debajo de todo impulso, muy enterrada y desfigurada se esconde una necesidad. Y estas necesidades hay que descubrir, a estas necesidades hay que responder, no a las apetencias.

Hoy en día, en esta sociedad en la que es ni siquiera imposible cubrir mis necesidades básicas de una manera que no implique la privación de necesidades básicas de otros, ¿realmente puedo justificar ante mi misma darme rienda suelta a mis apetencias?

Y hoy en día, cuando incluso en el mundo asociativo a menudo las apetencias y necesidades ficticias se imponen a la hora de tomar decisiones, se han convertido en un obstáculo para la lucha, ¿realmente nos podemos permitir seguir confundiendo estos dos conceptos? ¿O no es exactamente esta confusión la que nos hace equivocarnos de aliados? ¿La que nos lleva a normalizar a tantos comportamientos destructivos?

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